La inmensidad

Vincent: Get with it. Millions of galaxies of hundreds of millions of stars, in a speck on one in a blink. That’s us, lost in space. The cop, you, me… Who notices?

Podría decir que esa es una de mis frases preferidas de las películas de Michael Mann.

Esta frase la dice en la película Collateral el personaje de Tom Cruise, un frío asesino a sueldo, cuando trata de convencer a un ingenuo y honesto Jamie Foxx sobre lo infinito e inmenso que es el universo y lo diminutos que somos nosotros, sobre el pequeño espacio que ocupa cada persona y sobre el poco poder que tenemos individualmente para hacernos notar entre tanta gente, tantas luces. La culpa que siente Max al ver que este pasajero tan raro y tan insensible comete sus crímenes sin sentir ningún tipo de remordimiento o angustia es aplacada por los mismos eventos de la historia, cuando lentamente va cayendo en la cuenta de que quizás sí Los Ángeles, como cualquier otra gran megalópolis, nos absorbe en sus calles, en sus lugares y nos vuelve tan pequeños que casi desaparecemos entre la marea humana o entre las luces de las avenidas.

Una de las escenas para mí más significativa de esta obra de arte es cuando Max, deteniéndose a pensar en todas estas ideas ve pasar por delante de sus ojos nada más y nada menos que un coyote. Un coyote, el animal solitario por excelencia que lucha por su subsistencia sin rendir cuentas a nadie, sin sentir pena y sólo dispuesto a seguir siempre adelante con su camino. Ahí es cuando se da cuenta que ese coyote nos representa a todos en esta continuidad que muchas veces llamamos vida.

Lo que más me atrae de las películas de Michael Mann es cómo en ellas aparece siempre de alguna manera u otra la idea de inmensidad. La inmensidad a la que se opone siempre el ser humano y su pequeñez. En las películas que ví de este director, por lo general la inmensidad está representada por el agua, por la noche. Ambas son algunos de los elementos que más deslumbran al ser humano y a mí particularmente.

La inmensidad del agua, como algo en lo que uno puede sumergirse e inmediatamente perder toda su identidad. Cuando nos metemos al mar o cuando lo vemos desde la orilla, es la inmensidad lo que nos fascina. Entrar en contacto con ella nos vuelve a hacer caer en la noción de nuestra pequeñez, de nuestra insignificante posibilidad de luchar, enfrentar o resaltar ante ella.

Por su parte, la noche actúa también como algo que nos abraza y nos cubre de manera completa. Para aquellos que vivimos en grandes ciudades, la noche es la oportunidad de vivir el silencio mientras las luces siguen encendidas. Luces en las viviendas, en los faros de la calle, en los negocios. Y así, con ese silencio que nos precede y que nos sigue al mismo tiempo podemos saber que no somos más que un punto en el universo, que miles de otras realidades suceden al mismo tiempo.

La hermosura en las películas de Michael Mann para mí pasa por ahí. Esta es mi interpretación, simple y quizás ingenua. Pero siempre elijo volver a ver específicamente aquellas escenas en las que el sentido de inmensidad está presente: se hace visible con la presencia del coyote y de una Los Ángeles nocturna, vacía y viva al mismo tiempo en Collateral; con un océano al anochecer como único punto en el cual se pueden encontrar las respuestas en The Insider; con un desapego en la orilla del mar que separa los miedos de las esperanzas en Miami Vice, o con ventanales tan gigantes y transparentes que parecen fundirse reflexivamente con el mar que proyectan en Heat. Todas escenas en las que me siento insignificante e interminable en un instante.