Un día y siempre

Y siguiendo con el post anterior, el domingo vi Medianoche en París, de Woody Allen.

Muchas cosas me quedaron de esta peli que no esperaba que me fuera a sorprender tanto. El poster tiene elementos de esa pintura que tanto me gusta, la famosa Starry Night, de Vincent Van Gogh, con un Owen Wilson que me cae cada vez mejor por algunos papeles que elige o colaboraciones que hace, caminando pensativo a orillas del Sena.

Resulta que yo encontré dos ideas principales a lo largo de la película con las cuales me identifiqué de manera completa. Una de ellas es la idea de cómo uno, en la búsqueda y en el interés por el arte, por una forma de vida más llena de productos culturales que materiales, tiende a poner su objeto de afecto en épocas pasadas. ¿Por qué? Porque necesariamente, al admirar a artistas de otras épocas uno se vuelve en cierto modo un nostálgico irrecuperable, deseando haber vivido en la época de ese pintor, escritor o escultor para comprender mejor y más de cerca cómo construyó sus obras. Esa afición por tiempos pasados es en gran parte lo que nos mueve, porque nos hace seguir buscando más y admirando más lo que admiramos.

Pero al mismo tiempo es lo que nos detiene, porque nos saca de nuestra realidad para, muchas veces, crear una fantasía, un ideal. Y al detenernos tanto en ese ideal, dejamos de prestar atención a todo lo que tenemos alrededor que nos puede servir como fuente de inspiración en el aquí y ahora.

Y acá es cuando entra la segunda idea con la cual me sentí identificada en la película, que es el darse cuenta cómo un lugar, en este caso París, ciudad cultural y rebosante de arte en todas las eras si las hay, se puede convertir justamente en ese espacio que nos rodea y que debería permitirnos generar algo nuevo. Así, el personaje de Owen Wilson recorre por las noches los años ’20, su década preferida, tomando todo lo que puede para aprovechar el tiempo que tiene cada vez y aprender observando a artistas como Hemingway, Picasso o Dalí. Pero en un momento de la película, por circunstancias casuales, se da cuenta que no se puede seguir siempre mirando para atrás porque eso es vivir una fantasía, algo perfecto pero inalcanzable porque nunca llegamos a conocerlo o experimentarlo de manera normal.

Es ahí cuando decide que su amada París es la ciudad que tiene delante de sus ojos, no la de tiempos pasados ni la de épocas mejores. Es la que lo sigue inspirando cuando camina bajo la lluvia y que hace que cada detalle de sus callecitas, de sus personajes o de sus mercados de pulgas sea igual de hermoso y único que lo que alguna vez lo deslumbró.

Cuando tuve el privilegio de visitar París y otras ciudades de Europa algo de todo eso me sucedió. Por un lado, me sentía claramente emocionada, casi obnubilada por todas las cosas hermosas que estaba presenciando ante mis ojos, muchas de las cuales sólo había visto en libros o en imágenes. En mi caso, la fantasía no era tanto de épocas pasadas si no de todo lo que esos lugares contenían. Y mientras mi admiración por todo el arte, la belleza y la hermosura que conocía iba creciendo, también iba aumentando mi certeza de que, por lo menos para mí, esos van a ser lugares para conocer, en los que me siento feliz pero también ajena. Porque el lugar que me inspira y que me hace pensar en lo que se puede hacer es mi ciudad de Buenos Aires. Quizás mi fantasía no era tanto temporal si no más bien espacial. De cualquier manera, el fin de esta historia para mí es similar al del personaje de Owen Wilson, cuando me di cuenta que puedo seguir admirando esos mundos hermosos pero siempre sabiendo que voy a tener un lugar al que volver.

Anuncios

El fabuloso destino

Ayer vi por segunda vez una película que ya había visto: Le Fabuleux Destin d’Amélie Poulain.

Sin embargo, y no sé bien por qué, no me acordaba mucho de ella, más allá del hecho de que me había gustado mucho en su momento. Ayer me di cuenta que por algo era que me había fascinado. Esta película construye una historia hermosa basándose en detalles pequeñitos, cosas que quizás pasan desapercibidas en una gran historia de amor, de esas a las que Hollywood quizás nos tiene acostumbrados, con palabras grandilocuentes, actuaciones soberbias y nombres de actores de tamaño colosal.

Pero Amélie es una chica normal, su personalidad es hermosa en sus gigantes y diminutos detalles, por su sensibilidad, por su belleza tan simple y por su delicadeza. Es alguien que va por la vida prestando atención a todo y a todos, aunque ella misma no se preste atención a sí misma.

La historia de Amélie y de Nino es tan simple y tan delicada como los personajes, tanto que termina siendo fascinante y espectacular a su modo. Porque no es con giros en el guión que te sorprenden a los quince minutos del final con lo que esta historia te asombra o te maravilla. Lo que hace que uno se enamore de esta historia y de todos sus personajes es justamente la combinación de las pequeñas cosas, como meter la mano en una bolsa de arvejas, hacer un cuaderno con fotos rotas o marcar un camino con flechas azules.

Y quizás con esos colores, con esas palabras que suenan preciosas en francés o con esas calles parisinas que una vez visité es que me quedo pensando en por qué esta película es fabulosa como el destino de Amélie Poulain.